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Mostrando entradas de agosto, 2018

La señora Amparo.

El  infierno es la mirada de los otros.” Sartre. Es linda la laguna ¿no? –me dijo el médico esa tarde. A mi, la laguna me hace acordar a la señora. Qué qué señora, ¿no conoces vos la historia de la chica?, ¿no te la contaron nunca? Yo te la cuento si tenés paciencia  y vos podes escribirla si querés. Yo tendría quince años cuando vino la chica acá. Cuando ella venía Mar Chiquita cambiaba, para mi era una fiesta, pero una fiesta rara, una en la que no se podía festejar. El único que festejaba era el viejo. Impunemente compraba comida y cigarrillos de otra marca y, entonces, todos sabíamos que ella venía. Él la esperaba, él era el único que la trataba; cuando venía, ella vivía en su casa. ¿Cómo era? Era extraña. Nadie supo bien nada de ella. Caminaba, tomaba sol y no largaba nunca el cuadernito. ¿Tal vez escribía? Le dije al médico. Sí, tal vez, yo solamente la vi llevándolo de acá para allá. Yo me acuerdo (no me da vergüenza decírtelo) de espiarla cuando estaba en la playa...

Lo que no se tiene.

"Amar es dar lo que no se tiene a quien no es" J. Lacan De algo estoy segura: miraba como desde un lugar que yo no conocía. Como los colectivos de Paseo Colón que van a lugares en los que nunca estuve. No tengo límites, decía, los pongo acá cerca para verlos todo el tiempo, pero están muy, muy lejos o no están. Doy lo que no tengo (y eso era verdad). Cada segundo con él era una fiesta o un velorio. No supe mucho de él, aunque me contó toda su historia. Pero nunca supe cómo fue su infancia o su amor o cómo dejó de extrañar a su madre. Supe lo que contó, que no es lo que fue sino lo que se recuerda: una narración. Tuve, durante mucho tiempo, miedo de perderlo. Yo lo amaba y amaba a través de él lo que no conocía, lo que tampoco yo tenía. Temía y no quería que lo supiera y sintiera que yo pedía algo que, seguramente, él no tenía. Recuerdo que tenía un diente torcido y un brillo (como una purpurina) en la mirada. Recuerdo que jugaba todo el tiempo en el trabajo...

Ella.

Ella sangró y sangró. La sangre que se derrama una vez, se pierde para siempre. Ella quiso que alguien la amara y no lo logró, ella quiso ver la diferencia: ser amada y amar. Ella sufrió la enfermedad y no encontró remedio. Pero ella sola decidió que nada valía tanto. Ella sola resolvió que nunca más le importaría, que sólo le importaba el tiempo, el poco tiempo que tenía. Sumergida en lo inhóspito, ella eligió el destino: la cura. Anduvo silenciosa por las calles y vio el remedio. Era único y eterno cada ser y su existencia era diminuta. ¿Cómo elegir? ¿Qué elegir? Cómo no amarlos. Cómo no comprender. Cómo evitar el dolor de saber que les duele, que son iguales y que lloran tanto que no sé qué hacer. Cómo curar el dolor, cómo se hace para que pase, que termine. Cómo no saber. Cómo se dice: Duele, duele tanto que no aguanto. Ella sangró y sangró. No hay descanso en el dolor. Ella también fui yo. Soy. Pero si veo el sol no creo que el remedio no exista. Debería haber ...

Monólogo sobre lo que no será dicho.

" Cuanto puede expresarse, puede expresarse claramente" L. Wittgenstein (4.116) Ahora estoy estancada acá, en medio de un silencio que me colma. Lo que quiero es escribir, pero no puedo. Lo que creo que necesito es escribir para sacarme del estómago esta pelota de miedo, de miedo a decirte de una vez, Esteban, que te quiero. Pero no que te quiero como la última vez que te dije que te quiero y que debía traducirse como: Esta todo bien o nos conocemos mucho o no sé que mierda, sino que te quiero como la gente que se ama y que no puede estar alejada: necesito decirte que es un buen momento para pasar caminando con unas botas grandes (como quien pisa hormigas en el pasto) y pisar de una vez este miedo a que vos no me elijas, este miedo a no ser lo que querés cuando de verdad se sabe que nadie es lo que el otro quiere (nadie lo es completamente, digo), que nadie cumple todas las expectativas del otro y sin embargo se aman y viven juntos y hasta tienen hijos (o no). Porque yo...

Que la inocencia te valga

El chico con nombre pretencioso se ríe con maldad, como endemoniado. Sí, nos entendemos. Sería un error pensar que es un buen chico… Por lo menos no es chico.  Yo lo conocí en una fiesta. No me pregunten cómo, lo vi venir, mirándome de frente y mientras bailaba me besó. Pero fue después que lo conocí.  Él me decía que yo no tenía ni idea de quién era, de cuánto desprecio sentía. Me explicó que yo debía dejarlo o alejarme, que él no era amable, que no había nada que amar en él.  Creo que fue en ese momento que supe que lo que él no admitía, no existía.   Supe que yo no era quién para verlo de una manera distinta a cómo quería ser visto, supe que no tenía derecho a hacerlo. Fue ahí, creo, que aprendí que no hay profundidad o que, finalmente, todo es superficie . Yo le pedía, casi le exigía, que fuera mejor y él era (es) una especie de agujero negro que atrae. Junto a él casi todo se pierde y eso que es, es él profunda y superficialmente. Hace poco, hace tan ...

De la cintura para arriba hace mas frío

“…A cada instante estamos arrojados en el mundo y comprometidos. Esto significa que actuamos antes de poner nuestros posibles y que estos posibles que se descubren como realizados remiten a sentidos que harían necesarios actos especiales para ser puestos en cuestión…” Sastre;  El Ser y la Nada Desde el infierno oyó un pequeño ruido, abrió los ojos y vió que estaba sola. Abrió los ojos y vió que estaba viva. Abrió los ojos pero volvió a cerrarlos. Un sacudón de aire la desvela, un frío seco que viene desde abajo, de la cintura para arriba hace más frío, pensó. Es la memoria que se está despertando. La memoria que se recupera del sueño joven. La memoria que pierde éste presente y vuelve a estar en un futuro algo jocoso. -No hay derecho a un futuro alegre. Cerró los ojos pero volvió a abrirlos. En el estómago sintió unas cosquillitas. Ojos abiertos pensó que no podía, que era difícil levantar la cabeza y ver que eso era cierto. Difícil es todo, soñó que dijo, por eso s...

Llorar

Ella viajó. Tomó el tren y viajó. Compró el boleto y no sabía a dónde iba. Violeta -pensó él. Violeta ¿dónde estás? Giró en la cama y no sabía la hora. Busco el reloj. Las once y veinte y Violeta dónde está. Habrá salido a comprar... o no era Violeta la mujer de anoche. Estaba seguro que la mujer de anoche era ella, porque ella tiene el vicio o la virtud de estar donde tiene que estar, de estar al lado nuestro cuando estamos así, como ayer: endemoniado. Pensó: "endemoniado". Como soñando, él fue al baño. Algo le llamo la atención: esa era su casa. Mareos. Resaca. Que raro que Violeta haya querido venir a casa. Entonces no fue a comprar porque no tiene llaves y encontrar las mías es casi imposible. Dormir -pensó. La una y cuarto. Hizo un esfuerzo y descubrió que fuera o no Violeta la de la cama, la de anoche, él tenía que buscarla. Encontrar a Violeta y decirle la verdad. ¿Qué verdad? Resaca y angustia. Yegua, es una yegua! Se fue a su casa y ahora va a montar...

Nada

Y si fuera a quedar así, postrada para siempre, qué… qué hago si mi cuerpo sigue empecinado en no responder. Es probable, todavía no intenté, pero es probable que no pueda hablar.  Los médicos vienen, miran y se van.  Las enfermeras vienen, miran, tocan alguna cosa y se van.   Yo no existo para ellos más que en esas decisiones que toman, en esas observaciones que hacen. Más me hubiera valido estar muerta en vez de ser esto: un caso médico. Recuerdo el sol del verano. Cuando me desperté, pensé que me despertaba de la siesta. Hasta que probé moverme, todo era paz. ¿Por qué trate de moverme?, ¿por qué no me quede asì, tendida y relajada por mas tiempo? ¿Cuánto hace que estoy así? Esta pregunta me tortura: ¿cuánto tiempo hace que estoy acá? Unos días, meses, años, no sè. He intentado hablar y no pude. Creo que apenas tengo los ojos abiertos porque nadie me mira directamente. Intuyo, más que verlos, cuerpos que se mueven en torno mío pero nadie me mira a los oj...