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Ella.

Ella sangró y sangró. La sangre que se derrama una vez, se pierde para siempre. Ella quiso que alguien la amara y no lo logró, ella quiso ver la diferencia: ser amada y amar.
Ella sufrió la enfermedad y no encontró remedio.

Pero ella sola decidió que nada valía tanto. Ella sola resolvió que nunca más le importaría, que sólo le importaba el tiempo, el poco tiempo que tenía.

Sumergida en lo inhóspito, ella eligió el destino: la cura.

Anduvo silenciosa por las calles y vio el remedio.

Era único y eterno cada ser y su existencia era diminuta. ¿Cómo elegir? ¿Qué elegir? Cómo no amarlos. Cómo no comprender. Cómo evitar el dolor de saber que les duele, que son iguales y que lloran tanto que no sé qué hacer. Cómo curar el dolor, cómo se hace para que pase, que termine. Cómo no saber. Cómo se dice: Duele, duele tanto que no aguanto.

Ella sangró y sangró. No hay descanso en el dolor. Ella también fui yo. Soy.

Pero si veo el sol no creo que el remedio no exista. Debería haber cura. Esta la belleza que invade los sentidos, están las plantas, los amigos, las caricias, los libros, una eternidad que complota a favor nuestro y cada alegría parece que nos resucita; sin embargo: la sangre derramada, se pierde. Yo soy la sangre que dejo y la dejo porque elijo la cura: el remedio que mata como la enfermedad.

Ella decidió que el tiempo era el agente. Ella comprendió que no hay una diferencia, y si la hay no importa. Poco importa.

Ella sangró y sangró, ella también fui yo.

V. L. marzo 2005

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