Sonó el timbre. Ella sacudió con las manos los pliegues de su pollera y abrió la puerta mientras de reojo se miraba el pelo en el espejo. Él estaba ahí parado y en las manos tenía una botella de vino y unas flores. Ella estaba nerviosa, sonriendo, le dijo: - Pensé qué íbamos a cenar afuera. - Si, pero podemos cambiar, o dejo esto acá… es para vos...y extendió las manos. Él pensaba que ya había hecho algo mal. Juana percibió ese malestar y, con cierta timidez, le dijo que prefería salir, que no salía mucho. - Además, podemos ir por acá cerca. Él le caía muy bien y, además, era sensible y discreto: justo lo que ella necesitaba. Juana había decidido mentirle: para qué decirle que era casada. Mentirle era como vivir un sueño, como jugar a la libertad. Ellos se habían conocido una noche en la que ella salió a tomar algo con su amigo de la infancia: Matías. Amigo que, sin duda, esperaba la oportunidad de encamarse con ella; y ella lo sabía. Matías era terrible,...