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La señora Amparo.

El infierno es la mirada de los otros.”
Sartre.

Es linda la laguna ¿no? –me dijo el médico esa tarde. A mi, la laguna me hace acordar a la señora. Qué qué señora, ¿no conoces vos la historia de la chica?, ¿no te la contaron nunca? Yo te la cuento si tenés paciencia  y vos podes escribirla si querés.
Yo tendría quince años cuando vino la chica acá. Cuando ella venía Mar Chiquita cambiaba, para mi era una fiesta, pero una fiesta rara, una en la que no se podía festejar. El único que festejaba era el viejo. Impunemente compraba comida y cigarrillos de otra marca y, entonces, todos sabíamos que ella venía. Él la esperaba, él era el único que la trataba; cuando venía, ella vivía en su casa.
¿Cómo era? Era extraña. Nadie supo bien nada de ella. Caminaba, tomaba sol y no largaba nunca el cuadernito. ¿Tal vez escribía? Le dije al médico. Sí, tal vez, yo solamente la vi llevándolo de acá para allá.
Yo me acuerdo (no me da vergüenza decírtelo) de espiarla cuando estaba en la playa. Y sé que no era el único. Todos, a su manera, la espiaban. Todos querían saber. Si, claro, algún interés despertaba en el pueblo. Alguno no, todos. Viste que acá no pasa mucho, pero desde que llegó ella pasaba algo cada año.
La seguíamos con la mirada, uno no podía dejar de mirarla. A lo mejor era porque no hablaba, no era como nosotros que hablamos hasta con un buzón. Yo creo que no le caía bien la gente.
Había un amigo mio que alquilaba motos en verano y, una vez, habló con ella. No sé -me dijo- habla bajito y te mira poco, pero cuando te mira, parece que te morís. Desde esa vez, mi amigo la esperaba más que los demás. Que sé yo… a veces creo que era solamente porque era misteriosa y otras que era lo que no teníamos lo que la hacía interesante. Acá, vos viste, las chicas no son como ella.
Sí, era linda, pero eso no era lo importante, era verla y quedar bamboleando, y les pasaba a todos. Yo lo vi a mi viejo mirarla y, una noche, lo oí hablando con envidia del viejo del rancho. Pero ella y el viejo no eran novios, de eso estoy seguro, eran como dos fantasmas que se encontraban. Juntos en el citröen daban miedo. Eso: misterio y miedo daban y eso, a veces, da envidia.
No eran novios porque esa palabra, para gente como ellos, no existe. Además él le llevaba treinta años. Claro que importa poco, pero acá importaba. Tenías que ver como hablaban de eso, hablaban de eso para no decir que esa tarde ella había pasado caminando por la principal o que había jugado con un perro o que, de nuevo, su vestido se había volado con el viento de la playa o que tenía esa bincha y los rulos anudados en la frente o que leía en la boca, muy cerca de los pescadores.
Me contaron una vez que cuando ella se sentaba en la escalera cerca de la boca, los peces saltaban más alto... para verla, decían.
Ah, sí, la señora la llamamos después. Cuando llegó tendría veinte o veinticinco años. Siguió viniendo siempre igual durante casi diez. Y el viejo cada año tenía su fiesta. Nosotros eramos como espectadores del desfile, pero lo disfrutábamos.
Imaginate que yo me casé y tuve mi primer chico en ese tiempo. Todos crecimos pero ella era igual.
“La señora” le quedo un día cuando la dueña del mercadito le dijo que no podía entrar con el perro. Le dijo: -Señorita, no puede entrar con el perro. Ella, dicen, la miro fijo a los ojos y le dijo: -Señora. Para esa época tendría treinta o treinta y tres años y no era raro que una chica de esa edad fuera señora, pero acá, para nosotros, fue como un huracán. Nadie entendía nada.
El día que me lo contaron, a la noche, llovió como pocas veces, parecía que Mar Chiquita se iba a hundir en la laguna. Yo no me acuerdo tanto de esos días -de tanto pensarlos creo que me los olvidé- pero lo cierto es que la chica al otro día se fue y que el viejo no la llevó al colectivo.

Un mes después el rancho –es esa casita blanca en la plazoleta ¿la viste?- estaba en venta, y el viejo, sin saludar a nadie, también se fue.
Hay días en los que acá en la laguna hay un olor o un viento y yo sé, todos saben, que es el fantasma de la chica que pasa y es el festejo privado del viejo.
Ah, sí, Amparo dicen que se llamaba la señora. Ahora debe tener como cincuenta.

V. L. 2003

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