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Purga.


Éramos dos o mas, generalmente, tres en ese departamento. A veces cuatro… muchas veces eran cuatro.
Comíamos lemon pie tiradas en la cama en verano y estudiábamos en invierno. Estudiábamos cuando éramos dos. Cuando éramos tres, una de nosotras estudiaba y la otra, a lo suyo.
Cuando éramos cuatro nadie estudiaba: Un colchón al living, uno en el cuarto y listo.
No nos hacían falta grandes cosas.
Después yo me separé de aquel novio: un tipo raro con grandes pretensiones y una madre hiper tierna. Él escribía bien: yo lo leía. Se fue a Europa y me mandaba postales de amor bellísimas. Era una relación apasionada… eso le dije cuando lo dejé: no se si nos amamos, pero nos deseamos tanto... Cuando lo dejé, él durmió en su auto en la puerta del departamento y, al otro día, pegó por todo el barrio carteles con poesías para mi.
En 2001 nosotras pagábamos el alquiler mitad en peso, mitad en una moneda innombrable e inexistente. En diciembre salimos a la calle impactadas. El chino de la vuelta bajó la persiana.
Yo hacia colas interminables para sacar 100 pesos de un cajero y escuchaba a la gente quejarse.
Me acuerdo que la vecina de al lado se mudó y nos regaló sus hermosas plantas que empezaron a colgar por todos lados en el departamento. No había más lugar: cajas de ropa, zapatos tirados, fotos pegadas, libros y más libros. Estaba atestado de cosas.
Recuerdo mudarnos de allí y la canción que cantaba mientras íbamos en el flete: “cambia, todo cambia…” y cambió.
El fletero nos dijo: “No se cómo entraba todo esto en un departamento tan chico”.
La mañana que nos mudamos fue de las pocas que no dormí ahí… Llegue sobre la hora, agitada, después de tomar un tren y un colectivo acompañada por el hijo de un profesor… él decía que me parecía a Mimi Maura… él adoraba a Mimi Maura y tocaba el saxo.
Tuvimos, por fin, un departamento grande, luminoso y lleno.
Mi papá puso estantes para los libros y sorteamos las habitaciones. Éramos demasiados allí y yo desbarrancaba.
Su madre murió.
Yo me hice mi primer tatuaje.
Una noche llegué y ella estaba arrinconada. “Amigos”, dije… con las ganas que tengo de verlos. Nico entró a mi cuarto y no quería irse. Tuvo que echarlo otra “amiga”.
Ella enfermó, yo también. No nos entendimos o nos desentendimos. Tal vez nunca nos hayamos entendido… qué se yo. Nunca discutimos, tal vez pasó eso.
Una noche en que vomite el espanto decidí irme. Alquile un departamento chico y adopté dos gatos… Lo que me hacia falta era eso: cambiar de aire, comer menos pochoclo y purgar la pena.

V.L.2010

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